Crítica de Estrenos

El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson

Si hay algo que sabe hacer Wes Anderson, es distinguirse del resto. Supo crear un estilo propio (a base de otros, claro, mucho cine francés y de los 60s por sobre los demás) y así, lograr que uno pudiera identificar un film suyo de manera inmediata. Pocos realizadores pueden lograrlo. El Gran Hotel Budapest es otra muestra de ello.

Si hay algo que sabe hacer Wes Anderson, es distinguirse del resto. Supo crear un estilo propio (a base de otros, claro, mucho cine francés y de los 60s por sobre los demás) y así, lograr que uno pudiera identificar un film suyo de manera inmediata. Pocos realizadores pueden lograrlo. El Gran Hotel Budapest es otra muestra de ello.

Estrenos: El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson - Visión del Cine
Estrenos: El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson – Visión del Cine

Wes Anderson es y ya no es aquel director de Bottle Rocket, su primer largometraje. Si bien siempre estará dispuesto a crear personajes únicos, en mundos parecidos al nuestro pero más hermosos y melancólicos, con sus traumas familiares y problemas para triunfar en la vida, es también un Wes Anderson más maduro, más consciente que nunca de su estilo, un estilo del cual se nota que se siente orgulloso y por eso en cada película no hace más que enfatizarlo.

Así regresa Wes Anderson con El Gran Hotel Budapest. Un film que respira su cine por cada uno de los poros, pero a la vez incursiona en géneros que siempre le gustaron pero que hasta ahora no había tenido oportunidad de trabajar. Mientras que con Fantastic Mr. Fox incursionaba en el cine animado de stop motion (que en realidad gracias a Henry Selick ya había aparecido un poco en The Life Aquatic With Steve Zissou), y en Moonrise Kingdom decidía contar una historia de amor entre niños pero de una manera más adulta (de la manera más adulta que se le puede pedir al director), ahora incursiona con el policial, con el misterio de un asesinato que no se sabe quién cometió, porque desde el vamos no nos creemos lo que las evidencias dicen.

El Gran Hotel Budapest tiene varias similitudes con The Royal Tenenbaums. Comienza con un libro y está separada en capítulos, con un narrador que esta vez sí va a tener rostro. En realidad hay más de un narrador, porque esta vez se decide contar una historia dentro de otra historia. Así hay un escritor (Albert Finney) que de joven (Jude Law) visitó un -ya abandonado y olvidado- hotel Grand Budapest y conoció al dueño (F. Murray Abraham) que le cuenta la historia de cómo llegó a obtener ese hotel.

Así, llegamos a la historia de Zero, que llega para ser el nuevo botones del Grand Budapest, porque, “¿quién no querría serlo en el Grand Budapest?”. M. Gustave (Ralph Fiennes, en un género casi nuevo para él) es el conserje del hotel y quien debe enseñarle a Zero sobre su nuevo puesto de trabajo, en el cual logra rápidamente desempeñarse de la manera más eficaz. El debutante actor Tony Revolori también se desenvuelve bien frente a la cámara y de la manera más wesandersoniana posible, incluso su personaje está creado como muchos de los más emblemáticos de su filmografía, no tiene padres y es a partir de esta historia que va a construir su propia familia.

En sus películas, los actores tienen cierta postura y forma de hablar que no se percibe natural pero aun así en segundos nos hacen olvidar que estamos viendo a esos actores para ver a los personajes que tanto se preocupó en crear. Lo mismo pasa con los escenarios, son hermosos y muy cuidados pero artificiales, como casas de muñeca. Y es este el juego al que nos invita Wes Anderson, a vivir en un mundo que sólo se parece un poco al nuestro, pero que nace más de sus sueños que de una realidad. La fotografía, como todas las veces con excepción de Fantastic Mr. Fox, recayó en Robert Yeoman, quien demostró ser capaz de crear imágenes inolvidables.

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A través de planos centrados con un cuidado milimétrico y movimientos de cámaras panorámicos casi vertiginosos, conoceremos una de las historias que se sucedieron en el Grand Budapest durante la Segunda Guerra Mundial, y que en este caso tiene como protagonista a M. Gustave, el conserje del hotel, un hombre muy servicial que disfruta de la compañía de mujeres mayores y es así que se emparenta con Madame D. (una Tilda Swinton caracterizada con algunas decenas de años más) pero luego ella cae muerta y él queda como el único sospechoso. A partir de acá, se suceden una galería de personajes y mini historias: el abogado de un misterioso cliente (Jeff Goldblum), el hijo de la fallecida (Adrien Brody), su peculiar detective privado (Willem Dafoe), la mucama de la mansión (Lea Seydoux), el oficial Heckels (Edward Norton), una joven pastelera de la que Zero se enamora (Saoirse Ronan), el presidario Ludwig (Harvey Keitel), y algunos más, incluso cameos más personales, de amigos de Wes Anderson que siempre tienen un pequeño lugar reservado en sus películas, incluso regresando, tras su ausencia en Moonrise Kingdom, Owen Wilson.

El director, que siempre es guionista de sus propias películas pero en compañía de alguien más, esta vez escribe el guión a solas y se inspira en escritos de Stefan Zweig, sobre lo cual recientemente lanzó un libro en el que desarrolla sus ideas y el modo en que estas inspiraron su reciente película (más precisamente su libro, The world of yesterday), y una historia creada por su amigo Hugo Guinness. La música es por primera vez toda original, y es Alexandre Desplat (quien ya trabajó en la música de Moonrise Kingdom) el encargado de componerla.

Filmada en tres aspectos de radio diferente, que sólo una proyección adecuada podrían lucirla como corresponde, el film tiene sus analogías (los nazis aparecen pero con otro nombre, por ejemplo) y está cargado de nostalgia, al fin y al cabo lo que hace su narrador(es) es contarnos una época dorada de este lugar tan maravilloso que fue el Grand Budapest.

Con el humor que acostumbra, algunas escenas con un tono más oscuro, la melancolía que hizo tan suya, un elenco impresionante y ese estilo visual que lo hacen único, la nueva película de Wes Anderson que sorprendió en la taquilla recaudando los primeros días casi 800.000 dólares en sólo cuatro salas de cine es una opción hermosa no sólo para pasar un buen momento, sino para que ese momento se quede con uno. Nos hace reír y nos hace emocionar, así es el cine de Wes Anderson.

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