Crítica de Estrenos

Algo Fayó de Santiago García Isler

Algo Fayó, de Santiago García Isler, pone luz sobre la figura de Pablo Fayó, mítico historietista local que fue catalogado de joven promesa hace más de treinta años y que luego, sin más, dejó de dedicarse a las viñetas, ante la mirada atónita de conocidos y fans.

No es fácil hacer un retrato de Pablo Fayó.

Podríamos decir que la sonrisa siempre asoma como cómplice, como demasiado tentada. Sus ojos dicen lo mismo: fascinación, con un leve entrecejo de melancolía, con un guiño que casi busca derribarnos, porque sabemos de lo que habla, porque nos recuerda algo muy culposamente menospreciado de la simpleza.

Sumémosle unas pinceladas de optimismo tonto, infantil y casi derrotado, casi feliz, incierto. Un personaje ya de mediana edad que, en su hoy, guitarra mediante, se dedica a reinterpretar en bares, de modo tenaz, clásicos marginales del tango, para luego volver a su terraza alquilada en La Paternal.

Parece, a pesar de poco convencional, no tan complicado. Pero para que el identikit resulte completo nos faltan las sutiles líneas que terminan de delimitar la figura, la concreción definitiva de ese ser que se vuelve modelo vivo en el segundo documental de Santiago García Isler.

Y para dar esa pincelada maestra definitiva, el film se centra en el grupo de amigos de Fayó, un grupo de dibujantes (Diego Parés, Esteban Podetti y Lucas Nine como sublimes y acertados representantes) que con trazos profesionales, nos cuentan el por qué. Porque Fayó también es lo que ya no es. Y supo ser un icónico historietista de Fierro, un historietista nacido en el 66 que a los 25 años, según palabras de autoridad -sus contemporáneos- había dado un giro rotundo al arte de las viñetas, aportándole un nivel fresco y vanguardista, volcándole a la tradición local un tinte desconocido y de alto vuelo, experimental, revolucionario.

Y todo para luego dejar de dedicarse a eso, sin dar muchas explicaciones, sin obviar la consciencia de abandono; para terminar reversionando viejas melodías de desengaño frente a comensales satisfechos y pasivos, amodorrados en la mística noche porteña.

Algo Fayó tarda en brindarnos los trasfondos de la, sin dudas, interesante historia. Da la sensación de que primero vemos un boceto: es crudo el choque con un Fayó descontextualizado. Nos sentimos tentados, rápido, a pensar en términos iguales de duros: vemos un fracaso latente, una ambición famélica, un desgaste motivacional.

El equilibrio tardío llega, como se dijo, de mano de las confesiones de sus más íntimos que, con una convicción que realmente conmueve y conspira para crear la necesaria dualidad que hace rico a un personaje, se sinceran ante esas pupilas danzantes y distraídas y exponen una envidia por demás sana pero, por sobre todo, sometida a un hálito de misterio, de incertidumbre: ¿por qué él, justo él, no sigue haciendo eso en lo que hay sobradas evidencias de que es bueno? Y basta esa pregunta para que todo se haga avalancha o salto de fe, en busca de ese Fayó que podría ser la mejor creación de sí mismo.

¿Por qué Fayó no siguió afianzándose en un área donde su creatividad era fructífera, palpable y consecuente con su presente? ¿Dónde se deconstruye Fayó? ¿Por qué sigue funcionando? ¿Es la voluntad de sus amigos, secretos apóstoles inspirados por sus artilugios, deudores de un encanto que consideran mucho más que cautivador, lo que lo sostiene en el eje de una epopeya tan reciente como el mundo de la historieta en nuestras tierras?

Puntuación: 2.5 de 5.

En todos estos ítems se detiene Algo Fayó, pero sin lograr una costura sólida entre dramas, entre lo personal y lo universal, consiguiendo contrastes tan sugerentes como desprolijos.

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