Crítica de Estrenos

La vida sin brillos de Guillermo Félix y Nicolás Teté

Llega a la cartelera La vida sin brillos, el documental escrito y dirigido por Nicolás Teté y Guillermo Félix sobre “Extinguidas”, aquellas mujeres que el teatro de revista hizo popular durante los ochenta y regresaron al teatro con José María Muscari.

Llega a la cartelera La vida sin brillos, el documental escrito y dirigido por Nicolás Teté y Guillermo Félix sobre “Extinguidas”, aquellas mujeres que el teatro de revista hizo popular durante los ochenta y regresaron al teatro con José María Muscari.

Con cámara en mano, los jóvenes directores Nicolás Teté y Guillermo Félix siguen a estas mujeres detrás de escena de la obra de teatro que volvió a poner su nombre en las carteleras: Extinguidas. Son ni más ni menos que diez mujeres, diez figuras, diez íconos de una época pasada: Beatriz Salomón, Adriana Aguirre, Noemí Alan, Mimí Pons, Luisa Albinoni, Silvia Peyrou, Pata Villanueva, Patricia Dal, Sandra Smith y Naanim Timoyko. Mujeres que hoy llevan vidas muy distintas entre sí y que tienen en común el haber disfrutado de la fama y la popularidad, tan efímeras.

Lo que nos permiten los directores es acceder al detrás de escena, a los preparativos de la obra que las vuelve a poner en el escenario, pero también a sus vidas personales. Cada una se abre ante la cámara inquieta, quizás con un poco de actuación de por medio porque, a la larga, son actrices y viven así aunque no hayan logrado dedicarse a eso durante toda su vida (y hacen casting y son rechazadas o relegadas a papeles menores). Con trabajos paralelos como el de revendedora de productos de cosmética o dando talleres de actuación a jubilados, entregándose a la actividad física como modo de vida, o a una maternidad tardía, o a regodearse en el pasado que les regaló decenas de portadas de revistas que se lucen en una pared, haciendo yoga, sorteando enfermedades, conduciendo un programa de radio o bailando tango no sólo como actividad recreativa sino como modo de sociabilizar y conocer gente.

La vida sin brillos se pasea entre las diferentes historias de estas mujeres y las muestra de una manera genuina. A veces sin maquillaje, a veces de entrecasa. Así como son, mucho más que una figura creada por y para el público. No es un mero trabajo de observación, los directores están ahí, en el medio, recibiendo llamadas que podemos escuchar sobre las cosas que les ocurren o las complicaciones de sus agendas para poder colaborar con ellos, o hasta ayudando a alguna a cargarle crédito al celular.

Como son diez mujeres, diez personalidades fuertes, una película de casi hora y media parece poco para todo lo que suponemos que hay para mostrar. Los directores les permiten a cada una pasearse y presentarse como son, o como ellas se ven, y ninguna termina tomando un protagonismo mayor. Al menos no en cuanto a estructura, seguramente al público le parecerá más interesante seguir a una que a otra, o se quedará en algún momento con ganas de un poco más.

La estructura es simple. Se presenta el proyecto, a sus protagonistas cada una a su tiempo y momento, intercalando apariciones, y por último se accede al fenómeno. Se es testigo de que todavía estas mujeres pueden llenar teatros y fascinar a su audiencia. Y es un acercamiento respetuoso y amoroso. Por eso, más allá de ser figuras que provienen de un mundo que (en la actualidad) apuesta a los chismes y los escándalos, acá aparecen temas difíciles y dolorosos pero sin nunca caer en golpes bajos.

Ante todo, el documental apela a la nostalgia porque es inherente en la vida de estas mujeres, cuya purpurina y cuyo glamour parecen haber quedado tan lejos. Porque ellas guardan y atesoran cientos de fotos y anécdotas sobre una vida pasada que lucía mucho mejor que este presente. Un presente que las vuelve a conectar con el pasado gracias a la iniciativa de José María Muscari, gracias a la idea de juntarlas en el escenario.

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