Crítica de Estrenos

Tengo miedo torero de Rodrigo Sepúlveda

Basada en la novela del artista y activista LGTB Pedro Lemebel, y luego de su exitoso debut por streaming en Chile, llega Tengo miedo torero, la historia de un querible personaje del under chileno pero que es, también, un retrato de un lugar y una época todavía muy cercana para toda Latinoamérica. Llega a Cine.Ar TV y Cine.Ar Play.

Una travesti vieja y pobre se ve envuelta en una de las tantas violentas redadas que durante la dictadura de Pinochet eran una constante en los bares y discotecas de la comunidad LGTB. Ahí escapa con la ayuda de Carlos, un mexicano viviendo en Chile, con quien entabla un vínculo. Él es un guerrillero luchando por la liberación de Latinoamérica y convence a “la Doña” de que le guarde unas cajas con libros, que terminan teniendo armamento.

Así arranca una relación de amistad que para ella significa mucho más, pero que para él tiene, en gran parte, el aliciente de poder usar el vínculo para los objetivos del grupo que integra, que terminan incluso reuniéndose en la derruida casa que ocupa “la Loca del Frente”. Y es así que, a través de su relación con Carlos, la travesti, que se reconoce rechazada tanto por dictadores como por revolucionarios, termina comprendiendo que no todos los extremos son iguales y dónde está parada en el espectro de la lucha por los derechos humanos.

El Chile de Pinochet tiene su retrato en este melodrama que muestra la pobreza y el enojo de una sociedad agobiada por el ataque constante de un gobierno que desaparece gente, mata y tira sus muertos al costado de la ruta y reprime sin parar cualquier manifestación de descontento. En ese contexto, “la Loca del Frente” (uno de los tantos apodos con el que la protagonista de esta historia elige llamarse), vive con perfil bajo y sin prestarle demasiada atención a lo que sucede a su alrededor. Intentando sobrevivir en un país que la mata de hambre, con una sociedad que la desprecia y hasta el desaire de la comunidad gay, vive el día a día sin plantearse demasiadas cosas. Pero el enamoramiento con Carlos la hará comprender cuál es su lugar en la sociedad y cuál es el lugar que realmente se merece, y que ese lugar no va a serle otorgado por sentarse a bordar en su destruido hogar.

Enmarcado en una historia de amor, el film nos hace reflexionar sobre ideologías y exclusiones, y el efecto que ellas producen en quienes quedan, como los travestis y los transexuales, al margen de todo. Ni siquiera los revolucionarios que quieren liberar al pueblo tienen empatía por ellas, marca nuestra protagonista en una clara alusión a la conocida homofobia del Che Guevara.

El entendimiento del contexto y la búsqueda de un camino de salida para “la Doña” se va dando gradualmente, no a través del amor por Carlos, sino gracias a la apertura de su mirada que la saca de su ensimismamiento, le muestra un país donde el salir a la calle para muchas personas puede ser una sentencia de muerte, tal como les pasa a ellas. En esas masas oprimidas puede, por primera vez, identificarse con alguien y a partir de ese entendimiento, nunca será la misma persona.

Este viaje se refleja magistralmente en la actuación de Alfredo Castro, sin dudas el actor chileno más representativo a nivel internacional en este momento. Su construcción de “la Loca del Frente” es  perfecta, sutil en los detalles, extravagante en la exacerbación de los gestos típicos de quien vive evadiéndose de las atrocidades de la vida imaginando un escenario por el que deambula sin preocupaciones.

La reconstrucción de época es otro de los aspectos que funcionan muy bien en el film. Sin caer en los golpes bajos ni las imágenes que abusan de la sensiblería que el género a veces utiliza, el director Rodrigo Sepúlveda nos muestra el Chile que nadie quería ver, ese Chile empobrecido en favor de unos pocos aristócratas por el cual Allende quería luchar. El Chile de las casas ocupadas, de los chicos en patas, y de las mansiones en barrios alejados de toda esa pobreza que los ricos prefieren no ver.

Puntuación: 4 de 5.

Con el melodrama sobreactuado por ella como tono primordial en el relato, pero con una subtrama realista y muy humana, Tengo miedo torero se transforma no sólo en un conmovedor retrato del personaje principal y una época, sino también otro merecido homenaje a su autor, Pedro Lemebel, quien no supo lo que era quedarse callado por su propio bien y luchó por visibilizar las injusticias de una sociedad construida desde la exclusión.

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